sábado, 6 de octubre de 2012

EL AMOR HACE LA UNIDAD

El pasado 3 de octubre, después de una larga pero paciente y tranquila agonía, nuestra hermana Mª Trinidad (Arsenia) pudo contemplar cara a cara a quien en esta vida sirvió ardientemente.
Arsenia nació en un pequeño pueblo de la provincia de Cuenca, los primeros años de su vida no fueron fáciles, pues la guerra civil estalló cuando ella apenas tenía cinco años y sufrió su crueldad. A los ocho años de acabar la guerra, cuando ella aún no había cumplido los 16, quedó huérfana de padre. Poco después mostró a su familia su deseo de ser monja, y aunque eran profundamente cristianos, le dijeron que tenía que esperar a la mayoría de edad, que entonces era a los 21 años. Al manifestar al párroco de su pueblo que quería consagrarse a Dios, éste la guió al monasterio benedictino de Cuenca, que por aquel entonces estaba agonizando: quedaban pocas monjas, no tenían esperanza de vocaciones, como consecuencia de la guerra vivían muy pobremente y los visitadores ya se habían planteado la idea de cerrarlo definitivamente.
Nuestra hermana ingresó en el monasterio tomando el nombre de Mª Trinidad y marchó a Alba de Tormes a realizar el noviciado, allí profundizó en la Regla benedictina, que pondría en práctica a lo largo de su vida. Al regresar a Cuenca se entregó definitivamente al Señor por medio de la profesión monástica.
Trabajadora incansable, pacificadora, familiar y entregada,  le encantaba cuidar las plantas y endulzar la vida a sus hermanas con sus postres y dulces. Fue hospedera, consejera, subpriora, ayudante en el noviciado, mayordoma..., y vio cómo la comunidad renacía hasta llegar a ser más de 45 hermanas.
Cuando yo entré en el monasterio, ella estaba comenzando a caminar por el ocaso de la vida. Enseguida me di cuenta de que era una Regla Viva y un ejemplo a seguir. Pronto la visitó la dura prueba de la enfermedad, que la hizo humillarse ante nosotras con sus necesidades y sus limitaciones, hasta quedar postrada en una silla de ruedas.
Su muerte fue un reflejo de su vida: durante más de una semana esperó pacientemente su partida, han sido días muy intensos para todas, al principio de su calvario repetía una frase continuamente: El Amor hace la unidad, éste fue su testamento. Dejó de hablar, apenas veía, pero tengo la certeza de que, a pesar del duro tratamiento, nos escuchaba, ya que cuando rezábamos con ella en el hospital, su mirada cambiaba de aspecto. Junto a su cama celebramos los santos Arcángeles, Santa Teresita y, como preparación a su encuentro con Cristo, los Ángeles Custodios, a los que ella tenía gran devoción. Tuve la gracia de pasar con ella esta última tarde. En medio del dolor, trasmitía paz, como había intentado hacer durante toda su vida y realmente su Ángel de la Guarda estaba allí presente.
El momento definitivo de su entrega tuvo lugar el miércoles, día tres. Sobre la una del mediodía, casualmente, llegó un sacerdote a su habitación. La exhortó a entregarse en los brazos de su esposo. Las hermanas que la acompañaban le cantaron la antífona que cantamos en el altar el día de nuestra profesión: Recíbeme según tu promesa y viviré, Señor, no defraudes mi esperanza. Justo después de cantarlo tres veces como dice San Benito en honor a la Trinidad, el Señor le abrió las puertas del paraíso  para volver a aquella patria donde no hay muerte, sino paz y alegría sin fin. Desde allí ayudará a nuestra comunidad y será semilla de nuevas y santas vocaciones.

2 comentarios:

  1. Gracias por este sencillo homenaje a nuestra querida hermana. Siempre fue una esposa fiel de Jesucristo que supo transmitir la bondad y el amor de Dios a todos los que se acercaban a ella. Siempre permanecerá en nuestro corazón y desde el Cielo, junto a Dios, la Santísima Virgen, los ántgeles a los que ella tenía especial devoción y todos los santos nos seguirá ayudando. Te queremos Sor Trinidad.

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  2. A pesar de la dificultad de entender situaciones, para nuestra familia, fue siempre un orgullo hablar de ella, saber que la teníamos tan cerca de Dios, que cada día intercedería por nosotros... Ahora, ese sentimiento es todavía mayor, todo lo que vivimos y escuchamos el día de su despedida nos descubrió que su bondad era incluso mayor y pudimos experimentar su cercanía. Al salir de Cuenca, desaparecieron las distancias y nos la llevamos con nosotros a nuestra casa, a nuestro quehacer diario, a la cabecera de nuestra cama cada noche para encomendarle nuestras inquietudes y preocupaciones y esperar su consejo. Para decirle: Qué hago tía.... Ayúdame tía... ¿Tía, tú que harías?...Dile a Dios que me perdone, tía.
    Gracias Señor, por haber gozado, y gozar, de tal privilegio.

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