miércoles, 5 de diciembre de 2012

DAME SIEMPRE TU PALABRA

Señor, dame siempre tu palabra cotidiana.
Es como el pan:
sacia y provoca más hambre de ti.

Es como el agua:
riega, fecunda, limpia
y estimula el ansia de ti.

Es como la luz:
ahuyenta las tinieblas
e ilumina los ojos
para que contemplen mejor
tus maravillas en las criaturas.

Es como una voz misteriosa y penetrante:
cuestiona y responde, entristece y alegra;
sume en el sufrimiento y abre a la esperanza.
Es como el bisturí del cirujano:
penetra en lo íntimo del ser,
hiere y sana, angustia y libera;
inquieta y trae paz.

Y cuando hiere de muerte al hombre viejo,
que existe en todos nosotros,
alumbra al hombre nuevo,
creado en la libertad y la justicia,
en la libertad y en el amor de Cristo.

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