sábado, 1 de diciembre de 2012

FRUTOS AMARGOS

Hace muchos, muchísimos años, un agricultor viajó por todo el mundo entonces conocido, quería hacer un huerto muy especial y para ello necesitaba muchas especies. Le interesaba sobre todo que hubiera gran variedad y que los frutos se caracterizaran por la dulzura y suavidad. 
Por todos los lugares por donde pasaba aprendía técnicas nuevas y compraba plantas para su gran proyecto. Soñaba en el día en que todos los árboles hubieran crecido y dieran dulces frutos. "Bastantes problemas tiene la gente", se decía, "quiero ofrecerles la oportunidad de endulzar sus vidas y lo haré con los ricos frutos que pronto darán mis árboles". 
Pero la cosa no fue tan sencilla como parecía, no todos los árboles eran capaces de dar frutos como los que el campesino esperaba. Él estudió cada caso con atención, consultó y a cada árbol le hizo lo que más convenía para conseguir su objetivo. A algunos les podó sus grandes ramas, a otros les hizo complicados injertos con plantas traídas de lejanos lugares... Ningún árbol ofreció resistencia, solo hubo uno entre todos ellos que no quiso que el campesino tocara sus ramas, ni le proporcionara cuidado alguno. Era autosuficiente y orgulloso y pensaba para sí que no necesitaba de nadie para conseguir gustosos frutos. En el fondo también era un poco cobarde y temía que el agricultor dañara su tronco o sus ramas. Creció salvaje y al cabo de los años el aspecto frondoso y lozano de su juventud se truncó en algo casi desagradable a la vista, sus frutos escasos, y de tamaño reducido. El resto de compañeros lucía hermoso follaje y sus ramas estaban repletas de sugestivos y sabrosos frutos. 
El hortelano estaba deseoso de probar los frutos de todos sus árboles; con tantos cuidados, estaba seguro de que serían muy suculentos. Invitó a la gente a saborear aquella gran variedad y todos lo felicitaban por el éxito de su trabajo, ¡nunca habían probado algo tan dulce, jugoso y suculento! En un rincón olvidado había un árbol al que casi nadie se acercó, su aspecto no era atrayente. Solo un ingenuo niño comió casi por error algún fruto que había caído al suelo. Rápidamente escupió aquello que había llevado a su boca. Eran unas almendras ásperas y amargas... 
Este árbol, arrepentido de su actitud, hubiera querido que le realizaran un injerto; pero su tronco ya era demasiado duro, sus frutos siempre fueron amargos.
Cuento escrito por Celia del Rincón Molina de 4º de ESO

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